El 28 de diciembre de 2025, un ferrocarril del Tren Interoceánico sufrió un accidente que terminó con varios vagones descarrilados, 13 personas fallecidas y un centenar de heridas. El descarrilamiento ocurrió en la Línea Z, a la altura del kilómetro 230, en el municipio de Asunción Ixtaltepec, Oaxaca. El convoy, que transportaba a 250 personas (241 pasajeros y 9 tripulantes) con destino a Coatzacoalcos, Veracruz, perdió el control de la máquina principal y dos locomotoras junto con cuatro vagones se salieron de la vía.
Inevitablemente, esta tragedia plantea dudas serias sobre la seguridad y el profesionalismo del transporte ferroviario en México. Apenas unos días antes, una pipa chocó contra otro convoy del Tren Interoceánico al intentar ganarle el paso en un cruce. Afortunadamente no hubo víctimas mortales en ese choque, pero el incidente dejó en claro que algo no está funcionando como debería en la coordinación vial y ferroviaria.
Dos accidentes en tan corto tiempo obligan a preguntar: ¿están los trenes realmente preparados para circular con seguridad? ¿Hay protocolos claros y efectivos? ¿Se han invertido los recursos necesarios en mantenimiento de vías, capacitación de personal, señalización y control de tránsito? Las autoridades deben responder con hechos, no solo con comunicados oficiales en los que anuncien que investigarán los hechos.
La seguridad del transporte no es un lujo ni un adorno técnico. Es una cuestión de vida o muerte para quienes utilizan el servicio y para las personas que viven cerca de las vías o cruzan regularmente por ellas.
Es urgente que se realice una investigación profunda e independiente, no sólo una gubernamental, que identifique las causas reales de estos incidentes. Paralelamente, se deben revisar el mantenimiento de infraestructura, los sistemas de alerta en cruces ferroviarios, la capacitación del personal y las campañas de educación vial para conductores.