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Diplomacia mexicana en 2026: cómo navegar un mundo más áspero

Ayer arrancó la Reunión de Titulares de Embajadas y Consulados 2026, el evento anual en el que el gobierno mexicano reúne a sus principales representantes en el exterior para definir prioridades y coordinar la política exterior. Este año, es aún más claro que los anteriores que el contexto internacional se ha tornado más desafiante. Es más inestable, más fragmentado y menos dispuesto a respetar reglas comunes. Las guerras abiertas, el regreso del proteccionismo, la militarización de la política exterior de las grandes potencias y la erosión del derecho internacional marcan el entorno en el que México debe moverse.

Para nuestro país, el principal desafío sigue siendo Estados Unidos. No sólo por su peso económico, sino porque Washington ha mostrado una creciente disposición a actuar de manera unilateral, incluso fuera de su territorio, cuando considera que sus intereses están en juego. La incursión militar en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro lo dejó más claro que nunca. En ese contexto, la prioridad diplomática debe ser clara: defender la soberanía sin romper el diálogo, especialmente en temas sensibles como comercio, migración y seguridad. México necesita firmeza estratégica, no sólo retórica.

Al mismo tiempo, la política exterior no puede reducirse a la relación con Estados Unidos. La crisis del orden internacional abre un espacio para que se articulen alianzas con América Latina, Europa y Asia en defensa de principios básicos: no intervención, solución pacífica de controversias y respeto a los derechos humanos. Recuperar liderazgo regional es clave, pero exige coherencia y una diplomacia profesional que tenga la mirada fija en proteger los intereses nacionales, no en defender a las dictaduras de la región por supuestas afinidades ideológicas.

Otra prioridad inevitable es la protección consular. En un contexto de políticas migratorias más duras y de criminalización de migrantes, las embajadas y consulados mexicanos deben permanecer como la primera línea de defensa de millones de connacionales. Para ello requieren recursos, coordinación y decisiones políticas claras.

Finalmente, México debe entender que la diplomacia también es desarrollo. Diversificar mercados, atraer inversión en un entorno de relocalización de cadenas productivas y proyectar certidumbre jurídica serán tareas centrales en 2026.

La reunión que inicia no debería ser sólo un ejercicio protocolario. Es una oportunidad para redefinir una política exterior a la altura de un mundo más áspero, donde México ya no puede darse el lujo de la pasividad ni de la improvisación.