La economía mexicana enfrenta un escenario de crecimiento débil y pocas palancas en el horizonte para reactivarse. El Banco Mundial prevé que en 2026 México tendrá uno de los crecimientos más bajos de América Latina, sólo por encima de Trinidad y Tobago. En ese contexto, resulta especialmente preocupante el mal desempeño sostenido de una de sus industrias estratégicas: la minería.
De acuerdo con datos recientes del sector, en 2025 la producción minera mantuvo una racha negativa. La producción cayó 4.2% en noviembre de 2025 respecto al mismo mes del año anterior y registró dos meses consecutivos de disminución. Esto sucede en un contexto en el que la minería crece como industria a nivel global.
La minería no es un sector marginal para México. Aporta divisas, empleo formal bien remunerado y actividad económica en regiones donde hay pocas alternativas productivas. Su desaceleración tiene efectos en cadena, como menor inversión, una caída en el dinamismo regional, presión sobre empleos y una reducción en la capacidad del país para aprovechar la demanda global de minerales estratégicos.
Más allá de las causas específicas —regulatorias, operativas o de mercado—, el problema de fondo es que México está perdiendo fuerza en una industria que históricamente ha sido uno de sus pilares. En un país con crecimiento casi nulo, renunciar de facto al potencial minero implica reducir aún más las posibilidades de recuperación económica a mediano plazo.
La caída de la producción minera no sólo refleja un sector en dificultades; es un síntoma de un entorno económico que no está generando condiciones para crecer. Ignorar esta señal puede tener costos altos en los próximos años para México: menos inversión, menos empleo y una economía cada vez más estancada.