El Foro Económico Mundial de Davos es mucho más que una reunión de élites. Es un espacio donde se toma el pulso del orden global, se construyen alianzas y se envían señales políticas y económicas de alto nivel. Por eso sorprende que, en un momento particularmente delicado para el mundo y para México, la presidenta Claudia Sheinbaum haya optado por no asistir.
Este año, entre los mandatarios habrá socios clave con los que México debe cuidar su relación, como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump; el primer ministro de Canadá, Mark Carney; Emmanuel Macron, presidente de Francia; Luiz Inácio Lula da Silva, de Brasil, y Gustavo Petro, de Colombia, entre otros. La ausencia de la presidenta, y también la del canciller Juan Ramón de la Fuente y del secretario de Economía, Marcelo Ebrard, deja un vacío difícil de ignorar.
La delegación mexicana está encabezada por la secretaria de Medio Ambiente, Alicia Bárcena, con el apoyo de Altagracia Gómez, asesora del gobierno en temas empresariales. Ambas han planteado una agenda centrada en atraer inversión, la sustitución de importaciones y el impulso al desarrollo sustentable y la economía circular.
El enfoque es relevante y necesario, sobre todo en lo que corresponde a la inversión. La economía mexicana arrastra un problema serio de bajo crecimiento y de debilidad en la inversión privada y pública. Buscar capital en Davos es una estrategia lógica. Sin embargo, la pregunta es si bastará una representación técnica para convencer a inversionistas globales en un contexto marcado por la incertidumbre.
La elección judicial, la percepción de politización de las instituciones y la falta de un plan robusto de inversión pública en infraestructura pesan en las decisiones empresariales. Davos no sólo sirve para vender proyectos, sino para dar confianza desde el más alto nivel político. ¿Tienen material para lograrlo?
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