En 2025, Petróleos Mexicanos (Pemex) inició una serie de despidos masivos, especialmente de personal de confianza, como parte de una reestructura interna que la empresa afirma busca ahorrar recursos y consolidar operaciones. De acuerdo con la información disponible, la empresa proyectó reducir alrededor de 3 mil puestos de confianza para ahorrar más de 3 mil 500 millones de pesos en 2025 y otros mil 200 millones en 2026, lo que equivale a cerca del 10 % del gasto previsto para estas plazas en el Presupuesto de Egresos de la Federación.
Las razones oficiales de esos recortes se asocian a la integración vertical de procesos y la eliminación de filiales para eficientar la operación. Sin embargo, el impacto real trasciende las cifras. Más de 500 trabajadores han denunciado que sus despidos se hicieron sin reconocerles su derecho a jubilación, lo que ha generado denuncias y posibles demandas laborales que pondrán a prueba al nuevo Poder Judicial.
Las consecuencias de estos recortes no se quedan en Pemex. La empresa mantiene un adeudo con proveedores superior a los 400 mil millones de pesos, lo que ha llevado a empresas subcontratistas a enfrentar crisis financieras, cierres y miles de empleos perdidos en sectores petroleros y relacionados. En Ciudad del Carmen, por ejemplo, más de 8 mil empleos se han perdido por falta de pagos de Pemex a contratistas, con efectos profundos en la economía local.
Además, el despido de técnicos y profesionistas —categoría que incluye a gran parte del personal especializado— ha sido criticado por organizaciones de trabajadores, que advierten que estas medidas pueden debilitar las capacidades operativas de la empresa y precarizar el empleo.
La reestructura y los despidos ocurren en medio de un Pemex todavía con deudas enormes y pérdidas operativas pese a algunos avances financieros. Sin una estrategia sólida para modernizar la empresa, pagar sus obligaciones y mantener talento calificado, los ajustes pueden profundizar la debilidad de la petrolera. La reestructura busca eficiencia, pero su costo social y productivo exige compromiso y claridad por parte del gobierno y de la propia empresa para evitar que la “salud financiera” se pague con empleos, derechos laborales y la estabilidad de comunidades enteras.