El Banco Mundial ha ajustado nuevamente sus previsiones para la economía mexicana y anticipa que el Producto Interno Bruto crecerá apenas 1.3% en 2026. Se trata de una cifra menor a las ya modestas 1.6% publicada en enero del año pasado y 1.4% anunciada en octubre. Este dato sitúa a México como la segunda economía menos dinámica de América Latina y el Caribe, sólo por encima de Trinidad y Tobago.
Este dato es más que una cifra fría, pues representa una señal de alarma sobre la profundidad de la desaceleración económica. En un contexto donde la región latinoamericana en su conjunto podría crecer alrededor de 2.3 % este año, el avance mexicano queda claramente rezagado.
Una de las causas clave detrás de estas previsiones es la baja inversión, tanto privada como pública. La inversión es el motor que permite expandir la capacidad productiva, generar empleos bien remunerados y mejorar la competitividad. Sin inversión significativa, la economía se queda atrapada en un crecimiento moderado que apenas supera el ritmo demográfico. Esto limita la creación de bienestar y la mejora de condiciones de vida para la mayoría de la población.
Además, factores externos juegan su papel: tensiones comerciales, ajustes en el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá y una incertidumbre global que frena decisiones empresariales.
La consecuencia de crecer por debajo de la media regional es preocupante. Más allá de los números, se traduce en menores oportunidades de empleo, ingresos estancados y una menor capacidad de respuesta frente a choques externos. Para revertir esta tendencia, se requiere un enfoque estratégico que impulse la inversión productiva y fomente la innovación, al mismo tiempo que se garantiza el bienestar de la población y el acceso efectivo a derechos.
Reconocer la magnitud del desafío es el primer paso para construir soluciones que no sólo eviten un estancamiento prolongado, sino que permitan a México aspirar a un crecimiento más robusto y sostenido.